Algo dorado brillaba justo encima de él. ¡La snitch! Trató de atraparla, pero sus brazos era muy pesados.
Pestañeo. No era la snitch. Eran un par de gafas. Que raro.
Pestasñeó otra vez. El rostro sonriente de Albus Dumbledore se agitaba ante él.
-Buenas tardes Harry -dijo Dumbledore.
Harry lo miró asombrado. Entonces recordó.
-¡Señor! ¡La Piedra! ¡Era Quirrell! ¡Él tenia la Piedra! Señor, rápido...
-Cálmate, querido muchacho, estás un poco atrasado -dijo Dimbledore-. Quirrell no tiene la Piedra.
-¿Entonces quién la tiene? Señor, yo...
-Harry por favor, cálmate, o la señora Pomfrey me echará de aquí.
Harry tragó y miró alrededor. Se dio cuenta de que debía de estar en la enfermería. Estaba acostado en una cama, con sábanas blancas de hilo, y cerca había una mesa, con una enorme cantidad de paquetes, que parecían la mitad de la tienda de golosinas.
-Regalos de tus amigos y admiradores -dijo Dimbledore, radiante-. Lo que sucedió en las mazmorras entre tú y el profesor Quirrell es completamente secreto, así que naturalmente, todo el colegio lo sabe. Creo que tus amigos, los señores Fred y George Weasley, son responsables tratar de mandarte un inodoro. No dudo que pensaron que eso te divertiría. Sin embargo, la señora Pomfrey consideró que no era muy higiénico y lo confiscó.